Limpieza de las monedas, por José Moreno.

Es importante empezar esta exposición haciendo una afirmación casi absoluta: las monedas de una colección no se limpian. Pero como ya decimos, la afirmación no es definitiva ni irrevocable. Veremos cuales pueden ser las excepciones, y explicar por qué.

Antes de acuñar una moneda, no importa si con las técnicas usadas por los fenicios, las del medievo o las superautomatizadas actuales, es necesario preparar el metal, mediante la aleación de diferentes elementos, que le darán en principio la dureza necesaria para que perdure en el tiempo a pesar de su uso continuo, y también la ley, siempre entendida sobre el metal más valioso, y que le dará en definitiva el valor de cambio.

En esta aleación ya aparecen las primeras consideraciones que nos interesan, pues no es lo mismo preparar para una colección una moneda de plata de 925 milésimas que otra de una ley de 500 milésimas. El conjunto del metal reacciona al tiempo y al usao de diferente manera, como es fácil de entender, y a mayor pureza menos problema, ya que envejecerá y ocasionalmente se estropeará, manteniendo más capacidad de recuperación.

Y aquí debemos mencionar un aspecto del metal viejo de la mayor importancia, como es la pátina. Esta no es más que la ligerísima película con que el tiempo cubre los metales más nobles, y que les da una estética imposible de alcanzar por nada que no sea el maridaje del metal y el tiempo, aunque los falsificadores sean capaces de hacer maravillas a base de baños hidráulicos y corriente eléctrica. Pues bien, las monedas que hayan conseguido esa preciosa vestidura natural, sean de plata, bronce o cobre, no deben ser de ninguna forma manipuladas. Bastará con que se repase con un palillo u otra pieza de madera con la punta roma, aquellas zonas que puedan tener adherida alguna tierra o suciedad.

Para las monedas sin pátina natural apreciable sí se pueden usar algunos procedimientos. Excluimos aquí aquellos métodos científicos que los conservadores de museos importantes puedan utilizar, ya que solo deben intentarlo personas con una sólida formación científica y conocimientos específicos. Por otra parte, las primeras pruebas las deberíamos hacer siempre con piezas poco apreciables y no manipular las más estimadas hasta tanto no hayamos conseguido alguna práctica.

Las monedas de oro ofrecen pocos problemas, ya que suelen tener pocas o ninguna adherencias. Para eliminar el óxido que algún recipiente les haya podido transmitir, hay especialistas que aconsejan introducirla en salfumán. Yo nunca lo he hecho y creo que jamás lo probaré. Sin embargo, un enjabonado y aclarado abundantes, hechos exclusivamente con la mano, se encargarán de eliminar la poca humedad o suciedad que haya podido coger. Tanto en este caso como en todos los que mencionemos más adelante, el jabón ha de ser de buena calidad, el aclarado abundante y el secado sin restregar, simplemente presionando levemente con un paño o toalla absorbente. Para quitar la última humedad se puede poner unos instantes sobre un radiador o cualquier otro foco de calor seco. El único instrumento que frote han de ser las manos del coleccionista, y un leve toque final con un paño seco.

Las monedas de plata sí pueden ofrecernos más dificultades, empezando por la propia ley, es decir, la proporción de plata pura que contiene. El sistema más natural para eliminar suciedad adherida, humedades y algunas manchas es introducir la pieza en un baño de amoniaco que la cubra bien por ambos lados (poner debajo de un borde una piedrecilla para que quede ligeramente levantada) y mantenerla así durante un periodo de entre cuatro y seis horas, enjuagando bien con agua al sacarla del baño, a continuación enjabonarla y más agua clara, para terminar secando de la forma dicha más arriba. Este sistema es bueno para leyes altas, pero no es tan recomendable en las bajas, por el alto contenido de cobre que soportan (*).

Las monedas de cuproníquel son duras, y aunque no es prudente el uso de ningún elemento químico, sí se pueden frotar cuidadosamente con un cepillo de dientes usado que tenga la punta de las cerdas redondeadas, en una jabonadura abundante, meticulosa y suave. Con ello, se irán la grasa y la suciedad que hayan acumulado, en un alto porcentaje.

Para las monedas de bronce, cobre y por supuesto las más modernas de aleaciones a veces muy complejas, no es recomendable más que, si están realmente sucias, un baño tibio de agua jabonosa de quince o veinte minutos, y luego enjabonar y enjuagar bien con las mandos, secando como ya hemos dicho.

Pero no nos debemos obsesionar por la limpieza, que a veces lo que produce es la destrucción de un bello aspecto viejo. Sólo nos deben estorbar los pegotes de suciedad adheridos o la tierra, que se pueden quitar con un palillo con la punta roma para evitar arañazos, y la humedad, que sí es un enemigo peor y hay que eliminarla siempre. Frotar en seco con una bayeta suele ser insuficiente para que desaparezca y si no es realmente necesario, no hagamos más.

Y como regla de oro: si después de limpiar cuidadosamente una pieza, ésta continúa con aspecto sucio, déjela, no la toque más. Podría estropearla más de lo que está.


(*) Por precaución, también puede rebajarse el amoníaco con agua (por ejemplo, dos partes de agua por una de amoniaco).